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De la ficción a la realidad: Cinco míticos lugares que existen gracias a la literatura

La literatura ha hecho que a través de sus magníficas historias, muchas de ficción, se creen escenarios mágicos que han calado la imaginación de los lectores, hasta el punto de hacer recreaciones de estos míticos espacios donde se habrían desarrollan las más impresionantes hazañas, se han vivido los más emblemáticos romances y otros destacados episodios.

Aquí cinco de estos enigmáticos lugares que solo existieron en la imaginación de los escritores:

1. El balcón de Julieta Capuleto (Verona)

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Uno de los dramas más conocidos de William Shakespeare e historia de amor más aclamada de todos los tiempos: Romeo y Julieta, se ambienta en la ciudad de Verona, pero el lugar más recordado es el balcón de la casa de la desdichada adolescente, si bien no se tiene certeza de la existencia de este lugar, han recreado un sitio en esta ciudad italiana.

En la actual casa de Julieta, uno de los hitos del turismo veronés, que durante los siglos pasados fue un albergue de reputación dudosa, que solo conservó de original una torre.

El resto de lo que se ve en ese lugar es una reconstrucción escenográfica de mediados del siglo XX, inspirada en parte en un film de Hollywood y en el famoso cuadro de Francesco Hayez que representa el último beso de Romeo y Julieta (y que inspiró también la foto de la caja de los bombones Baci de Perugina).

La parte principal de la reconstrucción es el propio balcón, añadido para recrear el de la obra de Shakespeare. La escenografía se completa con la estatua de Julieta (según la tradición, tocarle el seno derecho dará suerte en el amor) y con un mural repleto de grafitis que inspiran inscripciones de todo tipo e idioma.

2. La casa de Sherlock Holmes (Londres)

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El 221B de Baker Street existe concretamente y se encuentra justo frente al célebre Museo de Cera de Mme. Tussaud, aunque solo sea una creación posible gracias al permiso especial concedido por el distrito londinense de Westminster, porque en realidad forzaron las matemáticas, pues este se encuentra entre los números 237 y 241.

Con este espacio se concretó un viejo anhelo de los lectores de Conan Doyle: conocer la casa del perspicaz investigador privado.Todo es tan verosímil que resulta difícil creer que el detective sea solo un personaje literario.

El interior es el de un típico apartamento inglés del siglo XIX: en el primer piso están la chimenea y el sillón de Sherlock, su pipa y su gorra, su dormitorio y su despacho. Una planta más arriba están los dormitorios del Dr. Watson y el ama de llaves, y en el tercer y último piso una serie de figuras de cera que evocan a los protagonistas de los distintos relatos, desde Moriarty a los pelirrojos de la curiosa liga que copiaba la Enciclopedia Británica.

3. El puente sobre el río Kwai (Tailandia)

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No siempre se sabe dónde queda: pero incluso sin poder ubicarlo con precisión en el mapa, es difícil desconocer la canción silbada (La marcha del coronel Bogey), tan famosa como la película de 1957 basada en la historia del puente… que en realidad nunca existió allí donde se lo ve hoy.

El film de David Lean tiene punto de partida en una novela de Pierre Boulle ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Cuenta la historia del enfrentamiento entre un militar japonés y uno británico por la construcción del puente en cuestión. Pero cuando los turistas, atraídos por la que se considera una de las mejores películas del cine bélico de la historia, empezaban a buscarlo, se encontraban con que no había tal puente sobre el río Kwai.

Ni lerdo ni perezoso, el gobierno tailandés decidió satisfacer sus expectativas y aprovechar los beneficios económicos, rebautizando el río Mae Khlaung como Kwai. Sobre el Mae Khlaug realmente se construyó un puente durante la Segunda Guerra: tiene 346 metros de largo, está en las cercanías de la localidad de Kanchanaburi y se llega en excursiones desde Bangkok. Parte del llamado Ferrocarril de la Muerte por el número de vidas que costó su construcción, el puente es una reconstrucción del original, destruido por bombardeos británicos.

Se puede llegar hasta el puente en tren desde Bangkok, bajando en Kanchanaburi (el trayecto lleva unas tres horas). A tres kilómetros de la estación está el puente, cuyos pilares de hormigón son los originales. Es posible transitarlo a pie, pero cuidado: el ferrocarril aún funciona.

4. La ciudad mítica de Shangri-La (China)

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Hasta 2001, se llamaba Zhongdian. Es una ciudad con monasterios budistas ubicada en un valle de los confines del Tibet. Cambió su nombre ese año: ahora se llama Shangri-La y es un éxito turístico total. La cantidad de visitantes (chinos principalmente) fue multiplicada por 700 y alcanza la suma de varios millones por año.

Shangri-La es un museo a cielo abierto, con templos, monasterios y casas tradicionales. Está idéntica a la legendaria ciudad que describió James Hilton en su novela Lost Horizon, publicada en 1933.

Aquella Shangri-La descrita en papel es el epicentro de la perfección y la plenitud. Está en un valle verde y fértil encerrado por el Himalaya y sus habitantes viven en paz una vida longeva.

La ex-Zhongdian no es el único lugar que pretende ser Shangri-La: hay otros en Tibet, en Bután, en el norte de la India e incluso en Pakistán. Ninguno tomó una decisión tan radical como la ciudad china que cambió su nombre.

5. Berlín: Check Point Charlie

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Es un rezago de los años 50 y la Guerra Fría. El símbolo de la partición de Europa en dos bloques. Y, sin embargo, es otro lugar que se visita, pero no es tan real como parece. El checkpoint actual es una copia bastante fiel del original, destruido a principio de los 90 cuando se reunificaban las dos Alemanias.

Estaba justo en el límite entre los distritos de Mitte (en el sector soviético) y Kreuzberg (en el americano). Oficialmente era el punto fronterizo C (por esto se llamó Charlie, en el alfabeto fonético de la OTAN), reservado al paso de extranjeros y diplomáticos, en el centro mismo de la destituida capital del Tercer Reich.

Siempre hay actores en uniforme delante de la garita para sacarse fotos, encargados de recrear un mundo que desapareció hace casi 30 años. En los alrededores hay varios museos y una colección de Trabant, aquellos autitos de la Alemania Democrática que fueron el pasaporte a la libertad para miles de familias cuando Hungría abrió sus fronteras con Austria y aceleró el derrumbe de la cortina de hierro en 1989.